Ellos se conocieron una noche de cielo estrellado, un par de miradas tristes que se toparon de frente en lo más alto de un puente. Ella con su mirada perdida en la propia tristeza, tenía los pies sujetos a la baranda, buscando el mejor momento para dejar de llorar y comenzar un vuelo sin retorno. Él, detrás suyo, la miraba con desconcierto, sabía que en cualquier momento se dejaría caer en el olvido.
Esa, fue su primera noche, la noche en que él le había salvado la vida, ella, con su pálido ser se refugió en sus brazos con los ojos cerrados, no sabía por qué, pero se sentía a salvo, no sólo del mundo, sino de ella misma. Él, inseguro de lo que pensaba, la llevó hasta un lugar seguro y la dejó dormida sobre un lecho de rosas, la miró unos segundos para después desaparecer. Ninguno sabía su nombre, ni por qué se encontraron en ese momento, pero lo que era seguro era que volverían a verse.
Ella despertó algunas horas más tarde, los inclementes halos solares habían tocado su rostro, haciéndole descubrir que estaba sola, deseó con efervescencia que su llanto corriera de nuevo, pero sus ojos parecían estar seco, fue entonces que sintió un viento helado envolviendo su cuerpo, lacerando profundamente su espíritu. Así pasaron los días, los meses y los años, su rostro se había cansado de tanto llorar en silencio, durante mucho tiempo evitó aquel lugar en donde fue cruelmente privada de la muerte que ella misma había elegido, aquel sitio donde ese verdugo desconocido le había condenado a seguir con vida.
El tiempo para él tampoco se detuvo y con ese paso incesante, fue alcanzado por sus propios remordimientos, cada noche se convirtió en una larga tortura pues si cerraba los ojos la veía dormir con el rostro húmedo sobre el lecho de rosas, y si permanecía con los ojos abiertos, no podía hacer más que vivir con el vacío que lo había inundado desde aquella noche. Por costumbre visitaba cada luna llena aquel sitio infortunado, torturándose a si mismo con la incertidumbre del destino y el recuerdo de aquellos ojos que lo miraron suplicando que la dejara morir.
Dos almas atribuladas se extrañaron eternidades mirando las estrellas, él, suplicando por alcanzarla en aquella muerte inminente que ella había elegido y, ella, suplicando por vivir lo suficiente para volver a verlo sólo una vez más.
Sin dudarlo, el delicado tejido del destino en sus enredadas tramas guarda secretos incomprensibles, tan incomprensibles que en una tarde de tormenta, aquellas miradas añorantes se encontraron de nueva cuenta…
Vaya tormenta desatada por aquellos espíritus atormentados que al encontrarse, por instinto se reconocieron y en un acto de tal pureza que ni los mismos ángeles se atrevieron a enturbiar, él y ella opacaron la luz de las estrellas que comenzaban a alumbrar el firmamento… Aquella noche parecía no tener final hasta que los mortales halos dorados rozaron sus cuerpos desnudos, que yacían tendidos justo al centro de un campo de rosas. Él abrió los ojos para verla en sus brazos, tan frágil y desprotegida como la primera noche, pasó una mano por su cabello negro, recorriendo de nuevo su total palidez, mientras ella sólo dormía.
Él buscó su mirada, girando hacia él su rostro pálido aún con huellas de llanto, entonces, la abrazó con fuerza dejando que las propias lágrimas fluyeran entre los cuerpos desnudos… al mirar sus ojos cristalinos comprendió que ella se había marchado y no volvería. Un grito desgarrador resonó en las nubes del cielo desde entonces de él no se ha vuelto a saber nada, y en aquel lugar jamás volvió a salir el sol… Ella desde lo alto de un puente espera con el viento, que esta historia se repita; una noche más una historia más y él llora frente al espejo sin poder encontrar su propia imagen.
Él perdió la cordura y ella… ella murió con su inocencia.
Esa, fue su primera noche, la noche en que él le había salvado la vida, ella, con su pálido ser se refugió en sus brazos con los ojos cerrados, no sabía por qué, pero se sentía a salvo, no sólo del mundo, sino de ella misma. Él, inseguro de lo que pensaba, la llevó hasta un lugar seguro y la dejó dormida sobre un lecho de rosas, la miró unos segundos para después desaparecer. Ninguno sabía su nombre, ni por qué se encontraron en ese momento, pero lo que era seguro era que volverían a verse.
Ella despertó algunas horas más tarde, los inclementes halos solares habían tocado su rostro, haciéndole descubrir que estaba sola, deseó con efervescencia que su llanto corriera de nuevo, pero sus ojos parecían estar seco, fue entonces que sintió un viento helado envolviendo su cuerpo, lacerando profundamente su espíritu. Así pasaron los días, los meses y los años, su rostro se había cansado de tanto llorar en silencio, durante mucho tiempo evitó aquel lugar en donde fue cruelmente privada de la muerte que ella misma había elegido, aquel sitio donde ese verdugo desconocido le había condenado a seguir con vida.
El tiempo para él tampoco se detuvo y con ese paso incesante, fue alcanzado por sus propios remordimientos, cada noche se convirtió en una larga tortura pues si cerraba los ojos la veía dormir con el rostro húmedo sobre el lecho de rosas, y si permanecía con los ojos abiertos, no podía hacer más que vivir con el vacío que lo había inundado desde aquella noche. Por costumbre visitaba cada luna llena aquel sitio infortunado, torturándose a si mismo con la incertidumbre del destino y el recuerdo de aquellos ojos que lo miraron suplicando que la dejara morir.
Dos almas atribuladas se extrañaron eternidades mirando las estrellas, él, suplicando por alcanzarla en aquella muerte inminente que ella había elegido y, ella, suplicando por vivir lo suficiente para volver a verlo sólo una vez más.
Sin dudarlo, el delicado tejido del destino en sus enredadas tramas guarda secretos incomprensibles, tan incomprensibles que en una tarde de tormenta, aquellas miradas añorantes se encontraron de nueva cuenta…
Vaya tormenta desatada por aquellos espíritus atormentados que al encontrarse, por instinto se reconocieron y en un acto de tal pureza que ni los mismos ángeles se atrevieron a enturbiar, él y ella opacaron la luz de las estrellas que comenzaban a alumbrar el firmamento… Aquella noche parecía no tener final hasta que los mortales halos dorados rozaron sus cuerpos desnudos, que yacían tendidos justo al centro de un campo de rosas. Él abrió los ojos para verla en sus brazos, tan frágil y desprotegida como la primera noche, pasó una mano por su cabello negro, recorriendo de nuevo su total palidez, mientras ella sólo dormía.
Él buscó su mirada, girando hacia él su rostro pálido aún con huellas de llanto, entonces, la abrazó con fuerza dejando que las propias lágrimas fluyeran entre los cuerpos desnudos… al mirar sus ojos cristalinos comprendió que ella se había marchado y no volvería. Un grito desgarrador resonó en las nubes del cielo desde entonces de él no se ha vuelto a saber nada, y en aquel lugar jamás volvió a salir el sol… Ella desde lo alto de un puente espera con el viento, que esta historia se repita; una noche más una historia más y él llora frente al espejo sin poder encontrar su propia imagen.
Él perdió la cordura y ella… ella murió con su inocencia.

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